VIII

Jesús consuela a las hijas de Jerusalén

Te adoramos, Señor, y te bendecimos,
porque por tu Santa Cruz
redimiste al mundo.

Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis
por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llega-
rá el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han
dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles
a los montes: «Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas: «Sepultadnos»;
porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?
Lucas 23, 28-31

Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu Reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.

Dios te salve, María,
llena eres de gracia;
el Señor es contigo.
Bendita Tú eres
entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
como era en un principio, ahora y siempre, por los
siglos de los siglos.
Amén

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