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Oficio de lectura
La Conversión de San Pablo, apóstol.
Fiesta

25 de enero

Martha de Jesús+
1941-2008

Daniel +
1972-2001

INVITATORIO

V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Ant Aclamemos al Señor, en esta fiesta de la conversión
del Maestro de los gentiles.
[Sal 94] ó [Sal 99] ó [Sal 66] ó [Sal 23]

HIMNO

¿Quién es este viajero
al que el Señor acecha en el camino
y con su luz derriba por el suelo?
¿Quién es este violento
al que el Señor elige de entre todos
para mostrar la fuerza de su verbo?

Contra Jesús, se dirigía a Damasco,
y después, por Jesús,
recorrerá la tierra, predicándolo.
Cumplir con la ley era su orgullo;
la gracia del Espíritu después,
timbre de gloria, único.

Para él sólo tendrá significado
conocer a Jesús,
y a este Señor Jesús, ¡crucificado!
Compartirá las pruebas del Señor
y así compartirá también la gloria
de la resurrección. Amén.

SALMODIA

Ant. 1 «Señor, ¿quién eres?» «Yo soy Jesús a quien
tú persigues; dura cosa será para ti dar coces contra el
aguijón.»

Salmo 18 A

El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo murmura.

Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.

Allí le ha puesto su tienda al sol:
él sale como el esposo de su alcoba,
contento como un héroe, a recorrer su camino.

Asoma por un extremo del cielo,
y su órbita llega hasta el otro extremo:
nada se libra de su calor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1 «Señor, ¿quién eres?» «Yo soy Jesús a quien
tú persigues; dura cosa será para ti dar coces contra el
aguijón.»

Ant. 2 Ananías, vete en seguida y pregunta por Saulo,
el cual está orando; éste es un instrumento que me he
escogido yo para que lleve mi nombre a los gentiles, a
los reyes y a los hijos de Israel.

Salmo 63

Escucha, ¡oh Dios!, la voz de mi lamento,
protege mi vida del terrible enemigo;
escóndeme de la conjura de los perversos
y del motín de los malhechores.

afilan sus lenguas como espadas
y disparan como flechas palabras venenosas,
para herir a escondidas al inocente,
para herirlo por sorpresa y sin riesgo.

Se animan al delito,
calculan cómo esconder trampas,
y dicen: "¿Quién lo descubrirá?"
inventan maldades y ocultan sus invenciones,
porque su mente y su corazón no tienen fondo.

Pero Dios los acribilla a flechazos,
por sorpresa los cubre de heridas;
su misma lengua los lleva a la ruina,
y los que lo ven menean la cabeza.

Todo el mundo se atemoriza,
proclama la obra de Dios
y medita sus acciones.

El justo se alegra con el Señor,
se refugia en él,
y se felicitan los rectos de corazón.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Ananías, vete en seguida y pregunta por Saulo,
el cual está orando; éste es un instrumento que me he
escogido yo para que lleve mi nombre a los gentiles, a
los reyes y a los hijos de Israel.

Ant. 3 Saulo comenzó a predicar en las sinagogas a
los judíos, afirmando que Jesús era el Cristo.

-Salmo 96-

El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas inumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sotienen su trono.

Delante de él avanza fuego
abrasando en torno a los enemigos;
sus relámpagos deslumbran el orbe,
y, viéndolos, la tierra se estremece.

Los montes se derriten como cera
ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria.

Los que adoran estatuas se sonrojan,
los que ponen su orgullo en los ídolos;
ante él se postran todos los dioses.

Lo oye Sión, y se alegra,
se regocijan las ciudades de Judá
por tus sentencias, Señor;

porque tú eres, Señor,
altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses.

El Señor ama al que aborrece el mal,
protege la vida de sus fieles
y los libra de los malvados.

Amanece la luz para el justo,
y la alegría para los rectos de corazón.
Alegraos, justos, con el Señor,
celebrad su santo nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Saulo comenzó a predicar en las sinagogas a
los judíos, afirmando que Jesús era el Cristo.

VERSÍCULO

V. El Señor es clemente y misericordioso.
R. Lento a la cólera y rico en piedad.

PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas
1, 11-24

Os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado
por mí no es cosa humana; y no lo recibí de hombre
alguno, sino por revelación de Jesucristo.

Habéis oído hablar de cómo me portaba yo en otro
tiempo en el judaismo: cómo perseguía encarnizadamen-
te a la Iglesia de Dios y la devastaba; cómo, en el celo
por el judaismo, iba más allá que muchos compatriotas
de mi edad y me mostraba celoso partidario de las tra-
diciones paternas.

Pero, cuando aquel que me eligió desde el seno de mi
madre me llamó por su gracia y tuvo a bien revelarme
a su Hijo para que lo anunciara a los gentiles, en se-
guida, sin pedir consejo a hombre alguno y sin subir a
Jerusalén para hablar con los que eran apóstoles antes
que yo, partí hacia Arabia, de donde luego volví a Da-
masco. Tres años más tarde, subí a Jerusalén a visitar a
Cefas, y estuve con él quince días. No vi a ninguno otro
de los apóstoles, fuera de Santiago, el hermano del Señor.
Por el Dios que me está viendo, que no miento en lo que
os escribo.

Después vine a las regiones de Siria y de Cilicia, pero
las Iglesias de Judea, que están en Cristo, no me cono-
cían personalmente. Sólo oían decir: «El que antaño nos
perseguía ahora va anunciando la Buena Nueva de la fe,
que en otro tiempo quería destruir.» Y glorificaban a
Dios, reconociendo su obra en mí.

Responsorio

R. El Evangelio anunciado por mí no es cosa humana;
* y no lo recibí de hombre alguno, sino por reve-
lación de Jesucristo.

V. Por la verdad de Cristo que en mí reside: yo os he
anunciado el Evangelio de Dios.

R. Y no lo recibí de hombre alguno, sino por revelación
de Jesucristo.

SEGUNDA LECTURA

De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo

Qué es el hombre, cuan grande su nobleza y cuánta
su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de
la persona de Pablo. Cada día se levantaba con una ma-
yor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros
que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje, como
lo atestiguan sus propias palabras: Olvidando lo que
queda atrás y lanzándome hacia lo que veo por delante;
y, al presentir la inminencia de su muerte, invitaba a los
demás a compartir su gozo, diciendo: Alegraos y con-
gratulaos conmigo; y, al pensar en sus peligros y opro-
bios, se alegra también y dice, escribiendo a los corin-
tios: Vivo contento en medio de mis debilidades, de los
insultos y de las persecuciones; incluso llama a estas co-
sas armas de justicia, significando con ello que le sirven
de gran provecho.

Y así, en medio de las asechanzas de sus enemigos,
habla en tono triunfal de las victorias alcanzadas sobre
los ataques de sus perseguidores y, habiendo sufrido en
todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien
vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, da
gracias a Dios, diciendo: Gracias sean dadas a Dios, que
en todo tiempo nos lleva en el cortejo triunfal de Cristo.
Imbuido de estos sentimientos, se lanzaba a las contra-
dicciones e injurias, que le acarreaba su predicación, con
un ardor superior al que nosotros empleamos en la con-
secución de los honores, deseando la muerte más que
nosotros deseamos la vida, la pobreza más que nosotros
la riqueza, y el trabajo mucho más que otros apetecen
el descanso que lo sigue. La única cosa que él temía era
ofender a Dios; lo demás le tenía sin cuidado. Por esto
mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios.

Y, lo que era para él lo más importante de todo,
gozaba del amor de Cristo; con esto se consideraba el
más dichoso de todos, sin esto le era indiferente asociar-
se a los poderosos y a los príncipes; prefería ser, con
este amor, el último de todos, incluso del número de
los condenados, que formar parte, sin él, de los más en-
cumbrados y honorables.

Para él, el tormento más grande y extraordinario era
el verse privado de este amor: para él, su privación sig-
nificaba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infi-
nito e intolerable.

Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida,
el mundo, la compañía de los ángeles, los bienes presen-
tes y futuros, el reino, las promesas, el conjunto de todo
bien; sin este amor, nada catalogaba como triste o ale-
gre. Las cosas de este mundo no las consideraba, en sí
mismas, ni duras ni suaves.

Las realidades presentes las despreciaba como hierba
ya podrida. A los mismos gobernantes y al pueblo enfu-
recido contra él les daba el mismo valor que a un insig-
nificante mosquito.

Consideraba como un juego de niños la muerte y la
más variada clase de tormentos y suplicios, con tal de
poder sufrir algo por Cristo.

Responsorio

R. Fui acogido por Dios con toda misericordia, porque
obré por ignorancia en el tiempo de mi increduli-
dad. * Y en verdad que sobreabundó en mí la gra-
cia de nuestro Señor, juntamente con la fe y la ca-
ridad de Cristo Jesús.

V. Soy indigno del nombre de apóstol, pues perseguí a
la Iglesia de Dios.

R. Y en verdad que sobreabundó en mí la gracia de
nuestro Señor, juntamente con la fe y la caridad de
Cristo Jesús.

HIMNO FINAL

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
a ti nuestra alabanza,
a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran
y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
la multitud de los profetas te enaltece,
y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,
por los confines extendida,
con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,
tomaste la condición de esclavo
en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte
y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,
inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,
como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor
de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
con tus santos elegidos.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,
y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos
y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,
guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

A ti, Señor me acojo,
no quede yo nunca defraudado.

ORACIÓN.

Oremos:
Señor Dios, que has iluminado al mundo entero
con la palabra del apóstol san Pablo, haz que quie-
nes recordamos hoy su conversión, imitando sus ejem-
plos, anunciemos el Evangelio al mundo y seamos
así testigo de tu verdad. Por nuestro Señor Jesu-
cristo, tu HIjo.

CONCLUSIÓN.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.

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