16 de julio
Las sagradas Escrituras celebran la belleza del Carmelo,
donde el profeta Elías defendió la pureza de la fe de Israel en
el Dios vivo. En el siglo XII, algunos eremitas se retiraron a
aquel monte, constituyendo más tarde una Orden dedicada a
la vida contemplativa, bajo el patrocinio de la Virgen María.
Daniel +
1972-2001
INVITATORIO
V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Ant Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.
HIMNO
Con gozo el corazón cante la vida,
presencia y maravilla del Señor,
de luz y de color bella armonía,
sinfónica cadencia de su amor.
Palabra esplendorosa de su Verbo,
cascada luminosa de verdad,
que fluye en todo ser que en él fue hecho
imagen de su ser y de su amor.
La fe cante al Señor, y su alabanza,
palabra mensajera del amor,
responda con ternura a su llamada
en himno agradecido a su gran don.
Dejemos que su amor nos llene el alma
en íntimo diálogo con Dios,
en puras claridades cara a cara,
bañadas por los rayos de su sol.
Al Padre subirá nuestra alabanza
por Cristo, nuestro vivo intercesor,
en alas de su Espíritu que inflama
en todo corazón su gran amor. Amén.
SALMODIA
Ant.1 Mira, Señor, contempla nuestro oprobio.
- Salmo 88, 39-53-
--IV--
Tú encolerizado con tu Ungido,
lo has rechazado y desechado;
has roto la alianza con tu siervo
y has profanado hasta el suelo su corona;
has derribado sus murallas
y derrocado sus fortalezas;
todo viandante lo saquea,
y es la burla de sus vecinos;
has sometido la diestra de sus enemigos
y has dado el triunfo a sus adversarios;
pero a él le has embotado la espada
y no lo has confortado en la pelea;
has quebrado su cetro glorioso
y has derribado su trono;
has acortado los días de su juventud
y lo has cubierto de ignominia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant.1 Mira, Señor, contempla nuestro oprobio.
Ant. 2 Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella
luciente de la mañana.
--V--
¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido
y arderá como un fuego tu cólera?
Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida
y lo caducos que has creado a los humanos.
¿Quién vivirá sin ver la muerte?
¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?
¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia
que por tu fidelidad juraste a David?
Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos:
lo que tengo que aguantar de las naciones,
de cómo afrentan, Señor, tus enemigos,
de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.
Bendito el Señor por siempre. Amén, amén.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant. 2 Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella
luciente de la mañana.
Ant. 3 Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú,
Señor, permaneces desde siempre.
--Salmo 89--
Señor, tú has sido nuetro refugio
de generación en generación.
Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: "Retornad, hijos de Adán."
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vigilia nocturna.
Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.
Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.
¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Danos alegría por los días que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción,
y sus hijos tu gloria.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant. 3 Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú,
Señor, permaneces desde siempre.
VERSÍCULO
V. En ti, Señor, está la fuente viva.
R. Y tu luz nos hace ver la luz.
PRIMERA LECTURA
Del libro de Job
5, 1-27
Elifaz continuó diciendo:
«Grita, a ver si alguien te responde; ¿a qué ángel te
volverás? Porque el despecho mata al insensato, y la en-
vidia da muerte al inexperto. Yo vi a un insensato echar
raíces, y al momento vi maldita su morada, a sus hijos
sin poder salvarse, atropellados sin defensa ante los jue-
ces; sus cosechas las devoró el hambriento, robándolas
a través de los espinos, y el sediento se sorbió su ha-
cienda. No nace del barro la miseria, la fatiga no ger-
mina de la tierra: es el hombre quien engendra la fa-
tiga, como las chispas alzan el vuelo.
Yo que tú, acudiría a Dios para poner mi causa en
sus manos. Él hace prodigios insondables, maravillas sin
cuento: da lluvia a la tierra, riega los campos, levanta
a los humildes, da refugio seguro a los abatidos, malo-
gra los planes del astuto para que fracasen sus mane-
jos, enreda en sus mañas al artero y hace abortar las
intrigas del taimado; así, en pleno día, van a dar en las
tinieblas; a plena luz, van a tientas como de noche. Así
Dios salva al pobre de la lengua afilada, de la mano vio-
lenta; da esperanza al desvalido y tapa la boca a los
malvados.
Dichoso el hombre a quien corrige Dios: no rechaces
el escarmiento del Todopoderoso, porque él hiere y ven-
da la herida, golpea y cura con su mano; de seis peli-
gros te salva, y al séptimo no sufrirás ningún mal; en
tiempo de hambre, te librará de la muerte y, en la ba-
talla, de la espada; te esconderá del látigo de la lengua
y, aunque llegue el desastre, no temerás, te reirás de
hambres y desastres, no temerás a las fieras, harás pacto
con los espíritus del campo y tendrás paz con las fieras,
disfrutarás de la paz de tu tienda y, al recorrer tu dehe-
sa, nada echarás de menos; verás una descendencia nu-
merosa, y a tus retoños como hierba del campo; bajarás
a la tumba sin achaques, como una gavilla en sazón.
Todo esto lo hemos indagado y es cierto: escúchalo
y aplícatelo.»
Responsorio
R. Dichoso el hombre a quien corrige Dios: no recha-
ces el escarmiento del Todopoderoso, * porque él
hiere y venda la herida, golpea y cura con su mano.
V. No mires con desdén la corrección con que el Señor
te educa y no te desalientes cuando seas por él amo-
nestado.
R. Porque él hiere y venda la herida, golpea y cura
con su mano.
SEGUNDA LECTURA
De los Sermones de san León Magno, papa
Dios elige a una virgen de la descendencia real de
David; y esta virgen, destinada a llevar en su seno el
fruto de una sagrada fecundación, antes de concebir
corporalmente a su prole, divina y humana a la vez, la
concibió en su espíritu. Y, para que no se espantara,
ignorando los designios divinos, al observar en su cuer-
po unos cambios inesperados, conoce, por la conversa-
ción con el ángel, lo que el Espíritu Santo ha de operar
en ella. Y la que ha de ser Madre de Dios confía en que
su virginidad ha de permanecer sin detrimento. ¿Por qué
había de dudar de este nuevo género de concepción, si
se le promete que el Altísimo pondrá en juego su poder?
Su fe y su confianza quedan, además, confirmadas cuan-
do el ángel le da una prueba de la eficacia maravillosa
de este poder divino, haciéndole saber que Isabel ha ob-
tenido también una inesperada fecundidad: el que es
capaz de hacer concebir a una mujer estéril puede hacer
lo mismo con una mujer virgen.
Así, pues, el Verbo de Dios, que es Dios, el Hijo de
Dios, que ya al comienzo estaba con Dios, por quien em-
pezaron a existir todas las cosas, y ninguna de las que
existen empezó a ser sino por él, se hace hombre para
librar al hombre de la muerte eterna; se abaja hasta
asumir nuestra pequenez, sin menguar por ello su ma-
jestad, de tal modo que, permaneciendo lo que era y
asumiendo lo que no era, une la auténtica condición de
esclavo a su condición divina, por la que es igual al Pa-
dre; la unión que establece entre ambas naturalezas es
tan admirable, que ni la gloria de la divinidad absorbe
la humanidad, ni la humanidad disminuye en nada la
divinidad.
Quedando, pues, a salvo el carácter propio de cada
una de las naturalezas, y unidas ambas en una sola per-
sona, la majestad asume la humildad, el poder la debi-
lidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda
contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza
invulnerable se une a la naturaleza pasible, Dios ver-
dadero y hombre verdadero se conjugan armoniosamen-
te en la única persona del Señor; de este modo, tal como
convenía para nuestro remedio, el único y mismo me-
diador entre Dios y los hombres pudo a la vez morir y
resucitar, por la conjunción en él de esta doble condi-
ción. Con razón, pues, este nacimiento salvador había
de dejar intacta la virginidad de la madre, ya que fue a
la vez salvaguarda del pudor y alumbramiento de la
verdad.
Tal era, amadísimos, la clase de nacimiento que con-
venía a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios; con él se
mostró igual a nosotros por su humanidad, superior a
nosotros por su divinidad. Si no hubiera sido Dios ver-
dadero, no hubiera podido remediar nuestra situación;
si no hubiera sido hombre verdadero, no hubiera podido
darnos ejemplo.
Por eso, al nacer el Señor, los ángeles cantan llenos
de'gozo: Gloria a Dios en el cielo, y proclaman: y en
la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Ellos ven,
en efecto, que la Jerusalén celestial se va edificando por
medio de todas las naciones del orbe. ¿Cómo, pues, no
habría de alegrarse la pequenez humana ante esta obra
inenarrable de la misericordia divina, cuando incluso
los coros sublimes de los ángeles encontraban en ella
un gozo tan intenso?
Responsorio
R. Celebremos la festividad de la gloriosa Virgen Ma-
ría, en cuya humildad puso el Señor sus ojos; * ella
concibió al Salvador del mundo, como el ángel lo
anunció.
V. Cantemos alabanzas a Cristo en este día, al celebrar
las glorias de la admirable Madre de Dios.
R. Ella concibió al Salvador del mundo, como el ángel
lo anunció.
ORACIÓN.
Oremos:
Haz venir, Señor, sobre nosotros la poderosa inter-
cesión de la gloriosa Virgen María, para que, protegidos
con su auxilio, podamos llegar a tu monte santo, que es
Jesucristo, tu Hijo. Que vive y reina contigo.
CONCLUSIÓN.
V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.
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