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Oficio de lectura
Domingo XXXIII Ordinario

I semana

Daniel +
1972-2001

INVITATORIO

V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Ant Venid, aclamemos al Señor, demos vítores
a la Roca que nos salva. Aleluya. +
[Sal 94] ó [Sal 99] ó [Sal 66] ó [Sal 23]

HIMNO

Primicias son del sol de su Palabra
las luces fulgurantes de este día;
despierte el corazón, que es Dios quien llama,
y su presencia es la que ilumina.

Jesús es el que viene y que pasa
en Pascua permanente entre los hombres,
resuena en cada hermano su palabra,
revive en cada vida sus amores.

Abrid el corazón, es él quien llama
con voces apremiantes de ternura;
venid: habla, Señor, que tu palabra
es vida y salvación de quien la escucha.

El día del Señor, eterna Pascua,
que nuestro corazón inquieto espera,
en ágape de amor ya nos alcanza,
solemne memorial en toda fiesta.

Honor y gloria al Padre que nos ama,
y al Hijo que preside esta asamblea,
cenáculo de amor le sea el alma,
su Espíritu por siempre sea en ella. Amén.

SALMODIA

Ant. 1 El árbol de la vida es tu cruz, oh Señor.

- Salmo 1 -

Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.

Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto a su tiempo
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
En el juicio los impíos no se levantarán,
ni los pecadores en la asamblea de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1 El árbol de la vida es tu cruz, oh Señor.

Ant. 2 Yo mismo he establecido a mi Rey en Sión, mi
monte santo.

Salmo 2

¿Por qué se amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?

Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
"Rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo."

El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
"Yo mismo he establecido a mi Rey
en Sión, mi monte santo."

Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho: "Tú eres mi Hijo:
yo te he engendrado hoy.
Pídemelo: te daré en herencia las naciones,
en posesión los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza."

Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando;
no sea que se irrite, y vayáis a la ruina,
porque se inflama de protno su ira.
¡Dichosos los que se refugian en él!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Yo mismo he establecido a mi Rey en Sión, mi
monte santo.

Ant. 3 Tú, Señor, eres mi escudo y mantienes alta mi cabeza.

-Salmo 3-

Señor, cuántos son mis enemigos,
cuántos se levantan contra mí;
cuántos dicen de mí:
"Ya no lo protege Dios."

Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria,
tu mantienes alta mi cabeza.
Si grito invocando al Señor,
él me escucha desde su monte santo.

Puedo acostarme y dormir y despertar:
el Señor me sostiene.
No temeré al pueblo innumerable
que acampa a mi alrededor.

Levántate, Señor;
sálvame, Dios mío:
tu golpeaste a mis enemigos en la mejilla,
rompiste los dientes de los malvados.

De ti, Señor, viene la salvación
y la bendición sobre tu pueblo.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Tú, Señor, eres mi escudo y mantienes alta mi cabeza.

VERSÍCULO

V. La palabra de Cristo habite con toda riqueza
en vosotros.
R. Exhortándoos mutuamente con toda sabiduría.

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ezequiel
16, 3. 5b-7a. 8-15. 37a. 40-43. 59-63

Esto dice el Señor:

«¡Jerusalén, eres cananea de casta y de cuna! Tu pa-
dre era amorreo y tu madre era hitita. Te arrojaron a
campo abierto, asqueados de ti, el día en que naciste.
Yo pasé junto a ti y te vi agitándote en tu propia
sangre, y te dije mientras yacías en tu sangre: "Sigue
viviendo y crece como la hierba de los campos." Creciste
y te desarrollaste, y llegaste a la flor de la juventud.

Yo pasé de nuevo a tu lado y te vi. Estabas ya en la
edad del amor. Extendí sobre ti mi manto para cubrir
tu desnudez; me comprometí contigo en juramento, me
uní en alianza contigo —oráculo del Señor— y fuiste mía.
Te bañé en el agua, te lavé la sangre y te ungí con aceite.
Te vestí con vestidos recamados, te calcé con piel fina,
te ceñí de lino y te cubrí de seda. Te engalané con jo-
yas: te puse pulseras en los brazos y un collar al cuello.
Coloqué pendientes en tus oídos y una diadema esplén-
dida en tu cabeza. Brillabas así de oro y plata, cubierta
de lino, seda y bordados; comías flor de harina, miel y
aceite; te hiciste cada día más hermosa y adquiriste el
esplendor de una reina. Cundió entre los pueblos la fama
de tu belleza, por la magnificencia de que yo te había
revestido —oráculo del Señor—.

Entonces te sentiste segura de tu belleza, y amparada
en tu fama fornicaste y te prostituíste con el primero
que pasaba.

Por eso, aquí me tienes: voy a reunir a todos tus
amantes a los que complaciste. Traerán un tropel con-
tra ti que te apedreará y te descuartizará a cuchilladas.
Prenderán fuego a tus casas, y ejecutarán en ti la sen-
tencia en presencia de muchas mujeres; así dejarás de
prostituirte y no volverás a pagar el salario de prostituta.
Desahogaré mi ira contra ti y apartaré luego de ti mi
cólera; me serenaré y no volveré a irritarme. Por no
haberte acordado de tu juventud, por haberme provoca-
do con todas estas cosas, también yo te pagaré según tu
conducta —oráculo del Señor—. ¿No has añadido la in-
famia a todas tus abominaciones?

Así dice el Señor: Actuaré contigo conforme a tus
acciones, pues menospreciaste el juramento y quebran-
taste la alianza. Pero yo me acordaré de la alianza que
hice contigo en los días de tu adolescencia, y haré con-
tigo una alianza eterna. Tú te acordarás de tu conducta
y te sonrojarás, al acoger a tus hermanas, las mayores
y las más pequeñas; pues yo te las daré como hijas, mas
no en virtud de tu alianza. Yo mismo haré alianza con-
tigo y sabrás que yo soy el Señor, para que te acuerdes
y te sonrojes y no vuelvas a abrir la boca de vergüenza,
cuando yo te perdone todo lo que hiciste —oráculo del
Señor—.»

Responsorio

R. Como a mujer abandonada te he vuelto a llamar; en
un arranque de ira te escondí mi rostro; * pero te
amo con amor eterno, lo dice el Señor, tu redentor.

V. Me acordaré de la alianza que hice contigo en los
días de tu adolescencia, y haré contigo una alianza
eterna.

R. Pero te amo con amor eterno, lo dice el Señor, tu
redentor.

SEGUNDA LECTURA

De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los
salmos

Aclamen los árboles del bosque, delante del Señor,
que ya llega, ya llega a regir la tierra. Vino una primera
vez, pero vendrá de nuevo. En su primera venida pro-
nunció estas palabras que leemos en el Evangelio: Des-
pués de esto veréis al Hijo del hombre venir sobre las
nubes. ¿Qué significa: Después de esto? ¿Acaso no ha de
venir más tarde el Señor, cuando prorrumpirán en llanto
todos los pueblos de la tierra? Primero vino en la per-
sona de sus predicadores, y llenó todo el orbe de la tie-
rra. No pongamos resistencia a su primera venida, y no
temeremos la segunda.

¿Qué debe hacer el cristiano, por tanto? Servirse de
este mundo, no servirlo a él. ¿Qué quiere decir esto?
Que los que tienen han de vivir como si no tuvieran, se-
gún las palabras del Apóstol: Os digo esto, hermanos:
el momento es apremiante. Queda como solución: que
los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los
que lloran, como si no lloraran; los que están alegres,
como si no lo estuvieran; los que compran, como si no
poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no
disirutaran de él: porque la presentación de este mundo
se termina. Quiero que os ahorréis preocupaciones. El
que se ve libre de preocupaciones espera seguro la venida
de su Señor. En efecto, ¿qué clase de amor a Cristo es el
de aquel que teme su venida? ¿No nos da vergüenza, her-
manos? Lo amamos y, sin embargo, tememos su venida.
¿De verdad lo amamos? ¿No será más bien que amamos
nuestros pecados? Odiemos el pecado, y amemos al que
ha de venir a castigar el pecado. Él vendrá, lo queramos
o no; el hecho de que no venga ahora no significa que
no haya de venir más tarde. Vendrá, y no sabemos cuán-
do; pero, si nos halla preparados, en nada nos perjudica
esta ignorancia.

Aclamen los árboles del bosque. Vino la primera vez
y vendrá de nuevo a juzgar a la tierra; hallará aclamán-
dolo con gozo, porque ya llega, a los que creyeron en su
primera venida.

Regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.
¿Qué significan esta justicia y esta fidelidad? En el mo-
mento de juzgar reunirá junto a sí a sus elegidos y
apartará de sí a los demás, ya que pondrá a unos a la
derecha y a otros a la izquierda. ¿Qué más justo y equi-
tativo que no esperen misericordia del juez aquellos que
no quisieron practicar la misericordia antes de la venida
del juez? En cambio, los que se esforzaron en practicar
la misericordia serán juzgados con misericordia. Dirá, en
efecto, a los de su derecha: Venid, benditos de mi Pa-
dre, a tomar posesión del reino que está preparado para
vosotros desde la creación del mundo. Y les tendrá en
cuenta sus obras de misericordia: Porque tuve hambre
y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, y
lo que sigue.

Y a los de su izquierda ¿qué es lo que les tendrá en
cuenta? Que no quisieron practicar la misericordia. ¿Y a
dónde irán? Id al fuego eterno. Esta mala noticia provo-
cará en ellos grandes gemidos. Pero, ¿qué dice otro sal-
mo? El recuerdo del justo será perpetuo. No temerá las
malas noticias. ¿Cuál es la mala noticia? Id al fuego eter-
no que está preparado para el demonio y sus ángeles.
Los que se alegrarán por la buena noticia no temerán la
mala. Ésta es la justicia y la fidelidad de que habla el
salmo.

¿Acaso, porque tú eres injusto, el juez no será justo?
O, ¿porque tú eres mendaz, no será veraz el que es la
verdad en persona? Pero, si quieres alcanzar misericor-
dia, sé tú misericordioso antes de que venga: perdona
los agravios recibidos, da de lo que te sobra. Lo que das
¿de quién es sino de él? Si dieras de lo tuyo sería gene-
rosidad, pero porque das de lo suyo es devolución. ¿Qué
tienes que no hayas recibido? Éstas son las víctimas
agradables a Dios: la misericordia, la humildad, la ala-
banza, la paz, la caridad. Si se las presentamos, entonces
podremos esperar seguros la venida del juez que regirá
el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.

Responsorio

R. El Hijo del hombre vendrá revestido de la gloria
de su Padre y escoltado por sus ángeles; * y en-
tonces pagará a cada uno según su conducta.

V. Regirá el orbe con justicia y los pueblos con fide-
lidad.

R. Y entonces pagará a cada uno según su conducta.

HIMNO FINAL

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
a ti nuestra alabanza,
a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran
y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
la multitud de los profetas te enaltece,
y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,
por los confines extendida,
con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,
tomaste la condición de esclavo
en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte
y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,
inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,
como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor
de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
con tus santos elegidos.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,
y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos
y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,
guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

A ti, Señor me acojo,
no quede yo nunca defraudado.

ORACIÓN.

Oremos:
Señor, Dios nuestro, concédenos alegrarnos siempre
en tu servicio, porque la profunda y verdadera alegría
está en ser fiel a ti, autor de todo bien. Por nuestro Se-
ñor Jesucristo, tu Hijo.

CONCLUSIÓN.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.

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