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Oficio de lectura
SANTOS ÁNGELES CUSTODIOS
Memoria

2 de octubre

Daniel +
1972-2001

INVITATORIO

V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Ant Venid, adoremos al Señor, a quien sirven los ángeles.
[Sal 94] ó [Sal 99] ó [Sal 66] ó [Sal 23]

HIMNO

Angeles de la mañana,
ángeles del mediodía,
de la tarde y de la noche
son tu presencia divina.

Llenos de gozo, Señor,
te damos nuestra alegría,
peregrinos de la tierra,
huéspedes ya de tu vida.

¡Que nunca nos abandone,
en el sueño o la vigilia,
el ángel que nos pusiste
como compañero y guía! Amén.

SALMODIA

Ant. 1 Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.

- Salmo 36 -
--I--

No te exasperes por los malvados,
no envidies a los que obran el mal:
se secarán pronto, como la hierba,
como el césped verde se agostarán.

Confía en el Señor y haz el bien,
habita tu tierra y practica la lealtad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón.

Encomienda tu camino al Señor,
confía en él, y él actuará:
hará brillar tu justicia como el amanecer;
tu derecho, como el mediodía.

Descansa en el Señor y espera en él,
no te exasperes por el hombre que triunfa
empleando la intriga:

cohibe la ira, reprime el coraje,
no te exasperes, no sea que obres mal;
porque los que obran mal son excluidos,
pero los que esperan en el Señor poseerán la tierra.

Aguarda un momento: desapareció el malvado,
fíjate en su sitio: ya no está;
en cambio los sufridos poseen la tierra
y disfrutan de paz abundante.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1 Encomienda tu camino al Señor, y él actuará.

Ant. 2 Apártate del mal y haz el bien; al honrado lo
sostiene el Señor.

--II--

El malvado intriga contra el justo,
rechina sus dientes contra él;
pero el Señor se ríe de él,
porque ve que le llega su hora.

Los malvados desenvainan la espada,
asestan el arco,
para abatir a pobres y humildes,
para asesinar a los honrados;
pero su espada les atravesará el corazón,
sus arcos se romperán.

Mejor es ser honrado con poco
que ser malvado en la opulencia;
pues al malvadose se le romperán los brazos,
pero al honrado lo sostiene el Señor.

El Señor vela por los días de los buenos,
y su herencia durará siempre;
no se agostarán en tiempos de sequía,
en tiempo de hambre se saciarán;

pero los malvados perecerán,
los enemigos del Señor
se marchitarán como la belleza de un prado,
en humo se disiparán.

El malvado pide prestado y no devuelve,
el justo se compadece y perdona.
Los que el Señor bendice poseeen la tierra,
los que él maldice son excluidos.

El Señor asegura los pasos del hombre,
se complace de sus caminos;
si tropieza, no caerá,
porque el Señor lo tiene de la mano.

Fui joven, ya soy viejo:
nunca he visto a un justo abandonado,
ni a su linaje mendigando el pan.
A diario se compadece y da prestado;
bendita será su descendencia.

Apártate de mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles.

Los inicuos son exterminados,
la estirpe de los malvados se extinguirá;
pero los justos poseen la tierra, la habitarán por siempre jamás.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.

Ant. 3 Confía en el Señor y sigue su camino.

--III--

La boca del justo expone la sabiduría,
su lengua explica el derecho;
porque lleva en el corazón la ley de su Dios,
y sus pasos no vacilan.

El malvado espía al justo
e intenta darle muerte;
pero el Señor no lo entrega en sus manos,
no deja que lo condenen en el juicio.

Confía en el Señor, sigue su camino;
él te levantará a poseer la tierra,
y verás la expulsión de los malvados.

Vi a un malvado que se jactaba,
que prosperaba como un cedro frondoso;
volví a pasar, y ya no estaba;
lo busqué, y no lo encontré.

Observa al honrado, fíjate en el bueno:
su porvenir es la paz;
los impíos serán totalmente aniquilados,
el porvenir de los malvados quedará truncado.

El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados y los salva,
porque se acogen a él.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Confía en el Señor y sigue su camino.

VERSÍCULO

V. Enséñame, Señor, a gustar y a comprender.
R. Porque me fío de tus mandatos.

PRIMERA LECTURA

Del Libro de Judit
6, 1-7. 10-7, 1. 4-5

En aquellos días, cuando se calmó el alboroto de los
que rodeaban el consejo, Holofernes, generalísimo del
ejército asirio, dijo a Ajior en presencia de toda la tropa
extranjera y todos los moabitas:

«Y ¿quién eres tú, Ajior, y los mercenarios de Efraím,
para ponerte a profetizar así, diciendo que no luchemos
contra los israelitas porque su Dios les protegerá? ¿Qué
dios hay fuera de Nabucodonosor? Él va a enviar su
poder y los exterminará de la faz de la tierra, sin que
su Dios pueda librarlos. Nosotros, sus siervos, los aplas-
taremos como a un solo hombre. No podrán resistir el
empuje de nuestra caballería. Los barreremos. Sus mon-
tes se emborracharán con su sangre, sus llanuras rebo-
saran de cadáveres. No podrán aguantar a pie firme ante
nosotros, sino que perecerán totalmente, dice el rey Na-
bucodonosor, dueño de toda la tierra. Porque ha habla-
do, y no pronuncia palabras vacías.

Y en cuanto a ti, Ajior, mercenario amonita, que has
dicho esas frases en un momento de sinrazón, no volve-
rás a verme hasta que castigue a esa gente escapada de
Egipto. Entonces, cuando yo vuelva, la espada de mis
soldados y la lanza de mis oficiales te traspasarán el
costado, y caerás entre sus heridos. Mis esclavos te van
a llevar a la montaña y te dejarán en alguna ciudad de
los desfiladeros; no perecerás hasta que seas extermi-
nado con ellos. Y, si por dentro confías en que no nos
apoderaremos de ellos, no estés cabizbajo. Lo he dicho;
no quedará una palabra sin cumplirse.»

Después, ordenó a los esclavos que estaban en la
tienda que echasen mano a Ajior y lo llevasen a Betulia
para entregarlo a los israelitas. Los israelitas bajaron de
la ciudad, se acercaron a Ajior, lo desataron, lo llevaron
a Betulia y se lo presentaron a los jefes de la ciudad,
que eran, en aquel entonces, Ozías, de Miqueas, de la
trjbu de Simeón; Cabris, de Gotoniel, y Car mis, hijo de
Melquiel. Convocaron a todos los ancianos de la ciudad,
y también los jóvenes y las mujeres fueron corriendo a
la asamblea. Pusieron a Ajior en medio de la gente, y
Ozías le preguntó qué había pasado.

Al día siguiente, Holofernes ordenó a su ejército y a
las tropas aliadas que levantaran el campamento y avan-
zaran hacia Betulia, ocuparan los puertos de la sierra y
atacaran a los israelitas. Cuando los israelitas vieron
aquella multitud comentaron aterrorizados:

«Estos van a barrer la faz de la tierra; ni los montes
más altos, ni las colinas, ni los barrancos aguantarán
tanto peso.»

Cada cual empuñó sus armas, encendieron hogueras
en las torres y estuvieron en guardia toda la noche.

Responsorio

R. Señor, Dios del cielo, mira desde lo alto su sober-
bia * y apiádate de la humillación de nuestro pueblo;
mira hoy benévolo a tus consagrados.

V. Despierta tu poder y ven a salvarnos.

R. Y apiádate de la humillación de nuestro pueblo; mira
hoy benévolo a tus consagrados.

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de san Bernardo, abad

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en
tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres. Den gra-
cias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado
grande con ellos.» Señor, ¿qué es el hombre para que le
des importancia, para que te ocupes de él? Porque te
ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu
interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único,
le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de
tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales
deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, en-
vías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan
y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, man-
das que sean nuestros ayos.

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden
en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran
reverencia, deben infundirte una gran devoción y confe-
rirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de
los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por
su custodia. Porque ellos están presentes junto a ti, y lo
están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo
están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios
les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de
estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor
esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que
son tan grandes.

Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guaídia-
nes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémos-
los cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no
olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener
por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para
ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar
y honrar, ser amados y honrados.

En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus
ángeles, pensando que un día hemos de participar con
ellos de la misma herencia y que, mientras llega este
día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de
tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya
hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por
ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y
administradores, como si en nada nos distinguiéramos
de los esclavos.

Por lo demás, aunque somos menores de edad y aun-
que nos queda por recorrer un camino tan largo y tan
peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos
guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en
nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados,
y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son pruden-
tes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con
que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y vivi-
remos así a la sombra del Omnipotente.

Responsorio

R. A sus ángeles ha dado órdenes para que te guar-
den en tus caminos; * te llevarán en sus palmas,
para que tu pie no tropiece en la piedra.

V. No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará
hasta tu tienda.

R. Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tro-
piece en la piedra.

ORACIÓN.

Oremos:
Dios, Padre misericordioso, que, en tu providencia
inefable, te has dignado enviar, para nuestra guarda,
a tus santos ángeles, concede a quienes te suplican
ser siempre defendidos por su protección y gozar
eternamente de su compañía. Por nuestro Señor Je-
sucristo, tu Hijo.

CONCLUSIÓN.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.

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