26 de diciembre
Daniel +
1972-2001
INVITATORIO
V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
Ant A Cristo recién nacido, que ha otorgado a Esteban
la corona de la gloria, venid, adorémosle.
HIMNO
Palabra del Señor ya rubricada
es la vida del mártir ofrecida
como prueba fiel de que la espada
no puede ya truncar la fe vivida.
Fuente de fe y de luz es su memoria,
coraje para el justo en la batalla
del bien, de la verdad, siempre victoria
que, en vida y muerte, el justo en Cristo halla.
Martirio es el dolor de cada día,
si en Cristo y con amor es aceptado,
fuego lento de amor que, en la alegría
de servir al Señor, es consumado.
Concédenos, oh Padre, sin medida,
y tú, Señor Jesús crucificado,
el fuego del Espíritu de vida
para vivir el don que nos has dado. Amén.
SALMODIA
Ant. 1 Esteban, lleno del Espíritu Santo, con la mirada
fija en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús a la
diestra del Padre.
Salmo 2
¿Por qué se amotinan las naciones,
y los pueblos planean un fracaso?
Se alían los reyes de la tierra,
los príncipes conspiran
contra el Señor y contra su Mesías:
"Rompamos sus coyundas,
sacudamos su yugo."
El que habita en el cielo sonríe,
el Señor se burla de ellos.
Luego les habla con ira,
los espanta con su cólera:
"Yo mismo he establecido a mi Rey
en Sión, mi monte santo."
Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho: "Tú eres mi Hijo:
yo te he engendrado hoy.
Pídemelo: te daré en herencia las naciones,
en posesión los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza."
Y ahora, reyes, sed sensatos;
escarmentad los que regís la tierra:
servid al Señor con temor,
rendidle homenaje temblando;
no sea que se irrite, y vayáis a la ruina,
porque se inflama de protno su ira.
¡Dichosos los que se refugian en él!
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant. 1 Esteban, lleno del Espíritu Santo, con la mirada
fija en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús a la
diestra del Padre.
Ant. 2 Esteban, puesto de rodillas, decía con fuerte
voz: «Señor Jesús, no les tomes en cuenta este pecado.»
-Salmo 10-
Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
"Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?"
Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.
El Señor examina a inocentes y culpables,
al que ama la violencia, él lo detesta.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.
Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant. 2 Esteban, puesto de rodillas, decía con fuerte
voz: «Señor Jesús, no les tomes en cuenta este pecado.»
Ant. 3 Nadie podía resistir a la sabiduría y al espí-
ritu con que hablaba.
-Salmo 16-
Señor, escucha mi apelación,
atiende mis clamores,
presta oído a mis súplicas,
que en mis labios no hay engaño:
emane de ti la sentencia,
miren tus ojos la rectitud.
Aunque sondees mi corazón,
visitándolo de noche,
aunque me pruebes al fuego,
no encontrarás malicia en mí.
Mi boca no ha fallado
como suelen los hombres;
según tus mandatos yo me he mantenido
en la senda establecida.
Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,
y no vacilaron mis pasos.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina tu oído y escucha mis palabras.
Muestra las maravillas de tu misericordia,
tú que salvas de los adversarios
a quien se refugia a tu derecha.
Guárdame como a las niñas de tu ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme
de los malvados que me asaltan,
del enemigo mortal que me cerca.
Han cerrado sus entrañas
y hablarán con boca arrogante;
ya me rodean sus pasos,
se hacen guiños para derribarme,
como un león ávido de presa,
como un cachorro agazapado en su escondrijo.
Levántate, Señor, hazle frente, doblégalo,
que tu espada me libre del malvado
y de tu mano, Señor, de los mortales;
mortales de este mundo: sea su lote esta vida;
de tu despensa les llenarás el vientre,
se saciarán sus hijos
y dejarán a su pequeños lo que sobra.
Pero yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant. 3 Nadie podía resistir a la sabiduría y al espí-
ritu con que hablaba.
VERSÍCULO
V. Me asaltaron angustias y opresiones.
R. Pero tus mandatos son mi delicia.
PRIMERA LECTURA
De los Hechos de los apóstoles
6, 8—7, 2a. 44-59
Esteban, lleno de gracia y de poder sobrenatural, obra-
ba señales y prodigios entre el pueblo. Algunos de la
facción llamada de los libertos y algunos cirenenses y
alejandrinos y otros de Cilicia y del Asia proconsular se
levantaron a disputar con Esteban; pero no podían re-
sistir a la sabiduría y al espíritu con que hablaba.
Por eso sobornaron a algunos para que presentasen
esta acusación:
«Nosotros le hemos oído proferir blasfemias contra
Moisés y contra Dios.»
Así excitaron los ánimos del pueblo, de los ancianos
y de los escribas. Luego, cayendo de improviso sobre
él, lo arrebataron y lo condujeron ante el Consejo. Allí
hicieron comparecer testigos falsos con esta acusación:
«Este hombre no cesa de hablar contra el lugar santo
y contra la ley. Nosotros le hemos oído decir que ese
Jesús Nazareno destruirá este templo y cambiará las cos-
tumbres que nos ha transmitido Moisés.»
Todos los que estaban sentados en el Consejo pusie-
ron en él los ojos, y vieron su rostro como el de un
ángel. El sumo sacerdote le preguntó:
«¿Es verdad lo que éstos dicen?»
Él contestó:
«Hermanos y padres, escuchad: Nuestros padres tu-
vieron consigo, en el desierto, el tabernáculo del testimo-
nio. Así lo había dispuesto el que mandó a Moisés fa-
bricarlo según el modelo que le había mostrado. Nues-
tros padres lo recibieron en herencia y lo introdujeron,
bajo la dirección de Josué, en la tierra que ocupaban
los gentiles, a quienes arrojó Dios para dar lugar a nues-
tros padres. Y así hasta los días de David. David halló
gracia a los ojos de Dios. Pidió el privilegio de construir
morada para el Dios de Jacob; pero fue Salomón quien
se la edificó, aunque ciertamente el Altísimo no habita
en casas construidas por los hombres, como dice el pro-
feta: "El cielo es mi trono y la tierra es escabel de mis
pies. ¿Qué casa me vais a construir —dice el Señor—,
o cuál va a ser el lugar de mi descanso? ¿No soy yo
quien ha hecho todas estas cosas?"
¡Hombres de dura cerviz, que cerráis obstinadamente
vuestro entendimiento y vuestro corazón a la verdad, vo-
sotros habéis ido siempre en contra del Espíritu Santo!
Lo mismo que hicieron vuestros padres hacéis también
vosotros. ¿A qué profeta dejaron de perseguir vuestros
padres? Ellos quitaron la vida a los que anunciaban la
venida del Justo, al cual vosotros habéis ahora traicio-
nado y asesinado; vosotros, que recibisteis la ley por mi-
nisterio de los ángeles y no la guardasteis.»
Al escuchar esta diatriba, ardían de rabia sus corazo-
nes y rechinaban sus dientes de coraje. Esteban, por su
parte, lleno del Espíritu Santo, con la mirada fija en el
cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús a su diestra; y
exclamó:
«Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre a la dies-
tra de Dios.»
Ante estas palabras, con gran gritería, se taparon los
oídos. Embistieron todos a una contra él y, sacándolo a
empellones fuera de la ciudad, lo apedrearon. Los testi-
gos dejaron sus mantos a los pies de un joven, llamado
Saulo. Mientras lo apedreaban, Esteban oraba con estas
palabras:
«Señor Jesús, recibe mi espíritu.»
Y, puesto de rodillas, dijo con fuerte voz:
«Señor, no les tomes en cuenta este pecado.»
Y, dicho esto, murió. Saulo, por su parte, aprobaba su
muerte.
Responsorio
R. Esteban, siervo de Dios, a quien apedreaban los ju-
díos, vio los cielos abiertos, y al punto entró en ellos;
* dichoso mortal, para quien los cielos se abrieron.
V. Cuando era destrozado por la fragorosa tempestad
de piedras, vio en las profundidades del cielo una
intensa claridad.
R. Dichoso mortal, para quien los cielos se abrieron.
SEGUNDA LECTURA
De los Sermones de san Fulgencio de Ruspe, obispo
Ayer celebrábamos el nacimiento temporal de nuestro
Rey eterno; hoy celebramos el martirio triunfal de su
soldado.
Ayer nuestro Rey, con la vestidura de gala de nuestra
carne, salió del palacio del seno virginal y se dignó visi-
tar el mundo; hoy su soldado, abandonando la tienda de
su cuerpo, ha entrado triunfante en el cielo.
Nuestro Rey, a pesar de su condición altísima, por
nosotros viene humilde, mas no con las manos vacías: él
trae para sus soldados una dádiva espléndida, ya que
no sólo les otorga copiosas riquezas, sino que les da
también una fortaleza invencible en el combate. En efec-
to, trae consigo el don de la caridad, que eleva a los hom-
bres hasta la participación de la naturaleza divina.
Y, al repartir estos dones, en nada queda él empo-
brecido, sino que de un modo admirable enriquece la
pobreza de sus fieles sin mengua de sus tesoros inago-
tables.
La misma caridad que hizo bajar a Cristo del cielo a la
tierra ha hecho subir a Esteban de la tierra al cielo. La
misma caridad que había precedido en la persona del
Rey resplandeció después en su soldado.
Esteban, para merecer la corona que significaba su
nombre, tuvo por arma la caridad, y ella le dio siempre
la victoria. Por amor a Dios no cedió ante la furia de los
judíos, por amor al prójimo intercedió por los que lo
apedreaban. Por esta caridad refutaba a los que estaban
equivocados, para que se enmendasen de su error; por
ella oraba por los que lo apedreaban, para que no fue-
sen castigados.
Apoyado en la fuerza de esta caridad, venció la furia
y crueldad de Saulo y, habiéndolo tenido por persegui-
dor en la tierra, logró tenerlo por compañero en el cielo.
Movido por esta santa e inquebrantable caridad, desea-
ba conquistar con su oración a los que no había podido
convertir con sus palabras.
Y ahora Pablo se alegra con Esteban, goza con él de
la gloria de Cristo, con él desborda de alegría, con el
reina. Allí donde entró primero Esteban, aplastado por
las piedras de Pablo, entró luego Pablo, ayudado por las
oraciones de Esteban.
Ésta es, hermanos míos, la verdadera vida, donde Pa-
blo no es avergonzado por la muerte de Esteban, donde
Esteban se congratula de la compañía de Pablo, porque
en ambos es la caridad la fuente de su alegría. La cari-
dad de Esteban, en efecto, superó la furia de los judíos,
la caridad de Pablo cubrió la multitud de los pecados, la
caridad de ambos les hizo merecer juntamente la pose-
sión del reino de los cielos.
La caridad, por tanto, es la fuente y el origen de todo
bien, la mejor defensa, el camino que lleva al cielo. El
que camina en la caridad no puede errar ni temer, por-
que ella es guía, protección, camino seguro.
Por esto, hermanos, ya que Cristo ha colocado la es-
calera de la caridad, por la que todo cristiano puede
subir al cielo, aferraos a esta pura caridad, practicadla
unos con otros y subid por ella cada vez más arriba.
Responsorio
R. El día de ayer nació el Señor en la tierra, para que
el día de hoy Esteban naciese en el cielo; entró Je-
sús en el mundo, * para que Esteban entrara en la
gloria.
V. Ayer nuestro Rey, con la vestidura de gala de nues-
tra carne, salió del palacio del seno virginal y se
dignó visitar el mundo.
R. Para que Esteban entrara en la gloria.
HIMNO FINAL
Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
a ti nuestra alabanza,
a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.
Postrados ante ti, los ángeles te adoran
y cantan sin cesar:
Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
la multitud de los profetas te enaltece,
y el ejército glorioso de los mártires te aclama.
A ti la Iglesia santa,
por los confines extendida,
con júbilo te adora y canta tu grandeza:
Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
Santo Espíritu de amor y de consuelo.
Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.
Tú, para salvar al hombre,
tomaste la condición de esclavo
en el seno de una virgen.
Tú destruiste la muerte
y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.
Tú vives ahora,
inmortal y glorioso, en el reino del Padre.
Tú vendrás algún día,
como juez universal.
Muéstrate, pues, amigo y defensor
de los hombres que salvaste.
Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
con tus santos elegidos.
Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.
Sé su pastor,
y guíalos por siempre.
Día tras día te bendeciremos
y alabaremos tu nombre por siempre jamás.
Dígnate, Señor,
guardarnos de pecado en este día.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
A ti, Señor me acojo,
no quede yo nunca defraudado.
ORACIÓN.
Oremos:
Concédenos, Señor, imitar las virtudes de san Este-
ban, cuya entrada en la gloria celebramos; y, así
como él supo rogar por sus mismos perseguidores,
sepamos nosotros amar a nuestros enemigos. Por
nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
CONCLUSIÓN.
V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.
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