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Oficio de lectura
Sábado XV Ordinario
SANTA MARÍA MAGDALENA
Memoria

22 de julio

Formó parte de los discípulos de Cristo, estuvo presente
en el momento de su muerte y, en la madrugada del día de
Pascua, tuvo el privilegio de ser la primera en ver al Redentor
resucitado de entre los muertos (Me 16, 9). Fue sobre todo du-
rante el siglo xil cuando su culto se difundió en la Iglesia
occidental.

Martha de Jesús+
1941-2008

Daniel +
1972-2001

INVITATORIO

V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Ant Del Señor es la tierra y cuanto la llena;
venid adorémosle.
[Sal 94] ó [Sal 99] ó [Sal 66] ó [Sal 23]

HIMNO

Señor, tú me llamaste
del fondo del no ser todos los seres,
prodigios del cincel de tu palabra,
imágenes de ti resplandecientes.

Señor, tú que creaste
la bella nave azul en que navegan
los hijos de los hombres, entre espacios
repletos de misterio y luz de estrellas.

Señor, tu que nos diste
la inmensa dignidad de ser tus hijos,
no dejes que el pecado y que la muerte
destruyan en el hombre el ser divino.

Señor, tú que salvaste
al hombre de caer en el vacío,
recréanos de nuevo en tu Palabra
y llámanos de nuevo al paraíso.

Oh Padre, tú que enviaste
al mundo de los hombres a tu Hijo,
no dejes que se apague en nuestras almas
la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.

SALMODIA

Ant.1 Dad gracias al Señor por su misericordia, por
las maravillas que hace con los hombres.

- Salmo 106-
--I--

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
norte y sur, oriente y occidente.

Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida;
pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arranco de la tribulación.

Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a ciudad habitada,
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes.

Yacían en oscuridad y tinieblas,
cautivos de hierros y miserias;
por haberse rebelado contra los mandamientos,
despresiado el plan del Altísimo.

Él humilló su corazón con trabajos,
sucumbían y nadie los socorría.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Los sacó de las sombrías tinieblas,
arrancó sus cadenas.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Destrozó las puertas de bronce,
quebró los cerrojos de hierro.

Estaban enfermos, por sus maldades,
por sus culpas eran afligidos;
aborrecían todos los manjares,
y ya tocaban las puertas de la muerte.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Envió su palabra, para curarlos,
para salvarlos de la perdición.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Ofrézcanle sacrificios de alabanza,
y cuenten con entusiasmo sus acciones.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant.1 Dad gracias al Señor por su misericordia, por
las maravillas que hace con los hombres.

Ant. 2 Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

--II--

Entraron en naves por el mar,
comerciando por las aguas inmensas.
Contemplaron las obras de Dios,
sus maravillas en el océano.

Él habló y levantó un viento tormentoso,
que alzaba las olas a lo alto:
subían al cielo, bajaban al abismo,
su vida se marchitaba por el mareo,
rodaban, se tambaleaban como ebrios,
y nos les valía su pericia.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.

Apaciguó la tormenta en suave brisa,
y enmudecieron las olas del mar.
Se alegraron de aquella bananza,
y él los condujo al ansiado puerto.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.

Aclámenlo en la asamblea del pueblo,
alábenlo en el consejo de los ancianos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Ant. 3 Los rectos lo ven y se alegran y comprenden
la misericordia del Señor.

--III--

Él transforma los ríos en desierto,
los manantiales de agua en aridez;
la tierra fértil en marismas,
por la depravación de sus habitantes.

Transforma el desierto en estanques,
el erial en manantiales de agua.
Coloca allí a los hambrientos,
y fundan una ciudad para habitar.

Siembran campos, plantan huertos,
recogen cosechas.
Los bendice, y se multiplican,
y no les escatima el ganado.

Si menguan, abatidos por el peso
de infortunios y desgracias,
el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes
y los descarría por una soledad sin caminos
levanta a los pobres de la miseria
y multiplica sus familias como rebaños.

Los rectos lo ven y se alegran,
a la maldad se le tapa la boca.
Él que sea sabio que recoja estos hechos
y comprenda la misericordia del Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Los rectos lo ven y se alegran y comprenden
la misericordia del Señor.

VERSÍCULO

V. Tu fidelidad, Señor, llega hasta las nubes.
R. Tus sentencias son como el océano inmenso.

PRIMERA LECTURA

Del segundo libro de Samuel
12, 1-25

En aquellos días, envió Dios el profeta Natán a David,
y llegando a él le dijo:

«Había dos hombres en una ciudad, el uno era rico
y el otro era pobre. El rico tenía ovejas y bueyes en
gran abundancia; el pobre no tenía más que una corde-
rilla, sólo una, pequeña, que había comprado. Ella iba
creciendo con él y sus hijos, comiendo su pan, bebiendo
en su copa, durmiendo en su seno igual que una hija.
Vino un visitante al hombre rico, y dándole pena a éste
tomar su ganado lanar y vacuno para dar de comer a
aquel hombre llegado a su casa, tomó la ovejita del po-
bre, y la dio a comer al viajero llegado a su casa.»

David se encendió en gran cólera contra aquel hom-
bre y dijo a Natán:

«¡Vive el Señor!, que merece la muerte el hombre que
tal hizo. Pagará cuatro veces la oveja por haber hecho
semejante cosa y por no haber tenido compasión.»

Entonces Natán dijo a David:

«Tú eres ese hombre. Así dice el Señor Dios de Is-
rael: "Yo te he ungido rey de Israel y te he librado de
las manos de Saúl. Te he dado la casa de tu señor y he
puesto en tu seno las mujeres de tu señor; te he dado
la casa de Israel y de Judá; y si es poco, te añadiré to-
davía otras cosas. ¿Por qué has menospreciado al Señor
haciendo lo malo a sus ojos, matando a espada a Urías,
el hitita, tomando a su mujer por mujer tuya y matán-
dolo por la espada de los ammonitas? Pues bien, nunca
se apartará la espada de tu casa, ya que me has despre-
ciado y has tomado la mujer de Urías, el hitita, para
mujer tuya. Así habla el Señor: Haré que de tu propia
casa se alce el mal contra ti. Tomaré tus mujeres ante
tus ojos y se las daré a otro que se acostará con ellas
a la luz de este sol. Pues tú has obrado en oculto, pero
yo cumpliré esta palabra ante todo Israel y a la luz del
sol."»

David dijo a Natán:

«He pecado contra el Señor.»

Respondió Natán a David:

«También el Señor perdona tu pecado; no morirás.
Pero por haber ultrajado al Señor con ese hecho, el hijo
que te ha nacido morirá sin remedio.»

Y Natán se fue a su casa.

Hirió el Señor al niño que había dado a David la
mujer de Urías y enfermó gravemente. David suplicó a
Dios por el niño; hizo David un ayuno riguroso y en casa
pasaba la noche acostado en tierra. Los ancianos de su
casa se esforzaban por levantarlo del suelo, pero él se
negó y no quiso comer con ellos. El séptimo día murió
el niño; los servidores de David temieron decirle que el
niño había muerto, porque se decían:

«Cuando el niño aún vivía le hablábamos y no nos
escuchaba. ¿Cómo le diremos que el niño ha muerto?
¡Hará un desatino!»

Vio David que sus servidores cuchicheaban entre sí
y comprendió David que el niño había muerto; y dijo
David a sus servidores:

«¿Es que ha muerto el niño?» «Sí, ha muerto.»

David se levantó del suelo, se lavó, se ungió y se
cambió de vestidos. Fue luego a la casa del Señor y
se postró. Se volvió a su casa, pidió que le trajesen de
comer y comió. Sus servidores le dijeron:

«¿Qué es lo que haces? Cuando el niño aún vivía
ayunabas y llorabas, y ahora que ha muerto te levantas
y comes.» «Mientras el niño vivía ayuné y lloré, pues me decía:
"¿Quién sabe si el Señor tendrá compasión de mí, y el
niño vivirá?" Pero ahora que ha muerto, ¿por qué he de
ayunar? ¿Podré hacer que vuelva? Yo iré donde él está,
pero él no volverá a mí.»

David consoló a Betsabé su mujer, fue a. donde ella
estaba y se acostó con ella; ella dio a luz un hijo y lo
llamó Salomón; el Señor lo amó, y envió al profeta Na-
tán que lo llamó Yedidías, «amado del Señor».

Responsorio

R. Mis pecados han sido numerosos, como las arenas
del mar; no soy digno de mirar las alturas del cielo,
a causa de la multitud de mis iniquidades, pues he
provocado tu ira; * cometí la maldad que aborreces.

V. Yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi
pecado: contra ti, contra ti solo pequé.

R. Cometí la maldad que aborreces.

SEGUNDA LECTURA

De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los
Evangelios

María Magdalena, cuando llegó al sepulcro y no en-
contró allí el cuerpo del Señor, creyó que alguien se lo ha-
bía llevado y así lo comunicó a los discípulos. Ellos fue-
ron también al sepulcro, miraron dentro y creyeron que
era tal como aquella mujer les había dicho. Y dice el
Evangelio acerca de ellos: Los discípulos se volvieron a
su casa. Y añade, a continuación: María se había queda-
do fuera, llorando junto al sepulcro.

Lo que hay que considerar en estos hechos es la
intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella
mujer, que no se apartaba del sepulcro, aunque los
discípulos se habían marchado de allí. Buscaba al que
no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en
el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel a quien
pensaba que se lo habían llevado. Por esto ella fue la
única en verlo entonces, porque se había quedado bus-
cándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es
la perseverancia en ellas, tal como afirma la voz de
aquel que es la Verdad en persona: El que persevere
hasta el fin se salvará.

Primero lo buscó, sin encontrarlo; perseveró luego
en la búsqueda, y así fue como lo encontró; con la
dilación iba aumentando su deseo, y este deseo aumen-
tado le valió hallar lo que buscaba. Los santos deseos,
en efecto, aumentan con la dilación. Si la dilación
los enfría, es porque no son o no eran verdaderos de-
seos. Todo aquel que ha sido capaz de llegar a la ver-
dad es porque ha sentido la fuerza de este amor. Por
esto dice David: Mi alma tiene sed de Dios, del Dios
vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Idén-
ticos sentimientos expresa la Iglesia cuando dice, en
el Cantar de los cantares: Desfallezco de amor; y tam-
bién: Mi alma se derrite.

Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Se le pre-
gunta la causa de su dolor con la finalidad de aumen-
tar su deseo, ya que, al recordarle a quién busca, se
enciende con más fuerza el fuego de su amor.

Jesús dijo: «.¡María!» Después de haberla llamado
con el nombre genérico de «mujer», sin haber sido re-
conocido, la llama ahora por su nombre propio. Es
como si le dijera: «Reconoce a aquel que te reconoce
a ti. Yo te conozco, no de un modo genérico, como a
los demás, sino en especial.» María, al sentirse llama-
da por su nombre, reconoce al que lo ha pronunciado,
y, al momento, lo llama «rabbuní», es decir: «maes-
tro», ya que el mismo a quien ella buscaba exterior-
mente era el que interiormente la instruía para que lo
buscase.

Responsorio

R. Cuando volvió del sepulcro del Señor, María Mag-
dalena anunció a los discípulos: «He visto al Se-
ñor.» * Dichosa ella que fue digna de llevar la no-
ticia de la resurrección de la Vida.

V. Llorando al que amaba, encontró al que buscaba,
y anunció luego al que había encontrado.

R. Dichosa ella que fue digna de llevar la noticia de
la resurrección de la Vida.

ORACIÓN.

Oremos:
Dios nuestro, que quisiste que santa María Magda-
lena fuese la primera en recibir de tu Hijo unigénito
la misión de anunciar el gozo pascual, concédenos,
por su intercesión, que, siguiendo su ejemplo, demos
a conocer a Cristo resucitado y merezcamos contem-
plarlo luego reinando en tu gloria. Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo.

CONCLUSIÓN.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.

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