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Oficio de lectura
Lunes XIX Ordinario
San Lorenzo, diácono y mártir.
Fiesta

10 agosto

Era diácono de la Iglesia de Roma y murió mártir en la
persecución de Valeriano, cuatro días después de Sixto II,
papa, y sus compañeros, los cuatro diáconos romanos. Su se-
pulcro se halla junto a la vía Tiburtina, en el "ager Veranus."
Constantino Magno erigió una basílica en aquel lugar. Su cul-
to se había difundido en la Iglesia ya en el siglo IV.

Martha de Jesús+
1941-2008

Daniel +
1972-2001

INVITATORIO

V. Señor, abre mis labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

Ant Entremos en la presencia del Señor dándole gracias.
[Sal 94] ó [Sal 99] ó [Sal 66] ó [Sal 23]

HIMNO

Dios de la tierra y del cielo,
que por dejarlas más clara,
las grandes aguas separas,
pones límite al cielo.

Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que, en cristal de frescura,
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,

danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.

Hazlo en la fe luminoso,
alegre en austeridad,
y hágalo tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.

SALMODIA

Ant. 1 Vendrá el Señor y no callará.

- Salmo 49 -
--I--

El Dios de los dioses, el Señor, habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece:
viene nuestro Dios y no callará.

Lo precede fuego voraz,
lo rodea tempestad violenta.
Desde lo alto convoca cielo y tierra,
para juzgar a su pueblo.

"Congregadme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio."
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1 Vendrá el Señor y no callará.

Ant. 2 Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.

--II--

"Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contre ti;
--yo, el Señor, tu Dios--.

No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños;

pues las fieras de la selva son mías,
y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo,
tengo a mano cuanto se agita en los campos.

Si tuviera hambre, no te lo diría;
pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos?

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,
cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro:
yo te libraré, y tú me darás gloria."

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.

Ant. 3 Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento
de Dios más que holocaustos.

-III-

Dios dice al pecador:
"¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?

Cuando ves un ladrón, corres con él;
te mezclas con los adúlteros;
sueltas tu lengua para el mal,
tu boca urde el engaño;

te sientas a hablar contra tu hermano,
deshonras al hijo de tu madre;
esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara."

Atención los que olvidáis a Dios,
no sea que os destroce sin remedio.

El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento
de Dios más que holocaustos.

VERSÍCULO

V. Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte.
R. Yo, el Señor, tu Dios.

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Joñas
3, 1—4, 11

En aquellos días, el Señor dirigió otra vez la palabra
a Joñas:

«Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predí-
cale el mensaje que te digo.»

Se levantó Joñas y fue a Nínive, como le mandó el
Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta
para recorrerla. Comenzó Joñas a entrar por la ciudad y
caminó durante un día proclamando:

«¡Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida!»

Creyeron a Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno
y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Cuando el
mensaje llegó al rey de Nínive, se levantó del trono, dejó
el manto, se cubrió de saco, se sentó en el polvo y mandó
al heraldo a proclamar en su nombre a Nínive:

«Hombres y animales, vacas y ovejas no prueben bo-
cado, no pasten ni beban; vístanse de saco hombres y
animales; invoquen fervientemente a Dios; que cada
cual se convierta de su mala vida y de la violencia de
sus manos. A ver si Dios se arrepiente, cesa el incendio
de su ira, y no perecemos.»

Vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida;
y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había ame-
nazado a Nínive, y no la ejecutó.

Joñas sintió un disgusto enorme, y estaba irritado.
Oró al Señor en estos términos:

«Señor, ¿no es esto lo que me temía yo en mi tierra?

Por eso me adelanté a huir a Tarsis, porque sé que eres
compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en
piedad, que te arrepientes de las amenazas. Ahora, Se-,
ñor, quítame la vida; más vale morir que vivir.»

Respondióle el Señor:

«¿Y tienes tú derecho a irritarte?»

Joñas había salido de la ciudad, y estaba sentado
al oriente. Allí se había hecho una choza y se sentaba
a la sombra, esperando el destino de la ciudad. Entonces
el Señor hizo crecer un ricino, alzándose por encima de
Joñas, para darle sombra y resguardarle del ardor del
sol. Joñas se alegró mucho de aquel ricino. Pero el Se-
ñor envió un gusano, cuando el sol salía al día siguiente,
el cual dañó al ricino, que se secó. Y, cuando el sol apre-
taba, envió el Señor un viento solano bochornoso; el sol
hería la cabeza de Joñas y lo hacía desfallecer. Joñas se
deseó la muerte y dijo:

«Más me vale morir que vivir.»

Respondió Dios a Joñas:

«¿Crees que tienes derecho a irritarte por el ricino?»

Contestó él:

«Con razón siento un disgusto mortal.»

El Señor le replicó:

«Tú te lamentas por el ricino, que no cultivaste con
tu trabajo, y que brota una noche y perece la otra. Y yo,
¿no voy a sentir la suerte de Nínive, la gran ciudad, que
habitan más de ciento veinte mil hombres, que no dis-
tinguen la derecha de la izquierda, y gran cantidad de
ganado?»

Responsorio

R. Los habitantes de Nínive resucitarán junto con esta
generación en el día del juicio y la condenarán,
* pues ellos, por la sola predicación de Joñas, se
arrepintieron.

V. Creyeron a Dios, se vistieron de saco y se convir-
tieron de su mala vida.

R. Pues ellos, por la sola predicación de Joñas, se arre-
pintieron.

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de san Agustín, obispo

La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo
de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones
del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él,
como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono
de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada
de Cristo, en ella también derramó su propia sangre por
el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso clara-
mente el significado de la Cena del Señor, con aquellas
palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también
nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así
lo entendió san Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó;
lo mismo qué había tomado de la mesa del Señor, eso
mismo preparó. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó
en su muerte.

También nosotros, hermanos, si lo amamos de verdad,
debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de
nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo pade-
ció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que siga-
mos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, pa-
rece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que
siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo apro-
vechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado
los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre,
hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los
mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrum-
bado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha
secado después de haber bebido ellos.

Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no
sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios
de las vírgenes y las yedras de los casados, así como
las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que
sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación:
Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está es-
crito de él: Nuestro Salvador quiere que todos los hom-
bres se salven y lleguen al pleno conocimiento de la
verdad.

Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de se-
guir a Cristo, además del derramamiento de sangre, ade-
más del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice:
A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su
categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se
anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pa-
sando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!

Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú
procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgulle-
certe? Finalmente, después de haber pasado por semejan-
te humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al
cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Si ha-
béis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arri-
ba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.

Responsorio

R. San Lorenzo exclamó: «Yo adoro a mi Dios y sólo
a él le sirvo; * por eso no temo tus tormentos.»

V. El Señor es mi roca en que me amparo.

R. Por eso no temo tus tormentos.

HIMNO FINAL

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
a ti nuestra alabanza,
a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran
y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
la multitud de los profetas te enaltece,
y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,
por los confines extendida,
con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,
tomaste la condición de esclavo
en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte
y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,
inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,
como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor
de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
con tus santos elegidos.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,
y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos
y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,
guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

A ti, Señor me acojo,
no quede yo nunca defraudado.

ORACIÓN.

Oremos:
Dios nuestro, que inflamaste con el fuego de tu
amor a san Lorenzo, para que brillara por la fide-
lidad a su servicio diaconal y por la gloria de un
heroico martirio, haz que nosotros te amemos siem-
pre como él te amó y practiquemos lo que él enseñó.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

CONCLUSIÓN.

V. Bendigamos al Señor.
R, Demos gracias a Dios.

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